Estaba yo haciendo el imbécil con mis amigos mientras esperábamos en la cola para entrar a la discoteca cuando de repente escuché una voz que me incitó a girar la cabeza detrás mía sin pensarlo dos veces.
Vestía una camiseta ancha metida en unos shorts ajustados que a cualquiera alegraba la vista. Y no se como, aun llevando una gorra plana, conseguía que su melena roja brillase como a la luz del día.
Lo primero que se me pasó por la cabeza fue sacar el móvil, mirar la hora y decirle al oído:
-Son las doce y cuarto.
Fue entonces cuando se dio la vuelta y volvió a aparecer esa sonrisa tímida que aun hoy anula mi capacidad para razonar. Y prueba de ello fue la conversión tan poco interesante que pude darle durante unos eternos cuatro minutos.
Gracias a un amigo que me tiró del brazo para que entrase pude dejar de dar mi patético espectáculo y mientras me veía arrastrado le dije:
-Por cierto, me llamo Andrés.
Se que ella me respondió diciendo su nombre, pero con el gran barullo de gente que se amontonó en la puerta no conseguí escucharlo, así que le hice gestos de que no entendía lo que decía, pero no sirvió de nada.
Esa noche intenté olvidar todo esto y centrarme en la fiesta, pero el enigma de su nombre era algo que no dejaba centrarme.
A mitad de noche fuimos todos mis amigos a la barra a beber un chupito cuando sin esperarlo una voz me susurró al odio.
-Lilith, encantada.
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